En la mente de todas siempre ha existido el hombre ideal, el mío llegó a mi mente desde que leí mi libro preferido, ese libro que marcó mi vida y que no importa cuántas veces lo vuelva a leer, siempre me atrapará igual… y ese hombre ideal llegó a mi mente no precisamente porque éste fuera el reflejo de alguno de los personajes descritos en el libro, para nada, lo que siempre soñé fue encontrar a un hombre, el que fuera, donde fuera, pero que llevara ese libro, mi libro preferido, en sus manos.
Desde ese día entonces siempre me fijaba, en los cafés, en los buses, en las bancas de los parques, en todas partes, si los hombres llevaban libros en sus manos, me tocó tener paciencia pues por esto tiempos a los hombres no les gusta leer, pero un días así como así llegó el momento.
Estaba yo muy tranquila, cuando lo vi, un hombre alto, de facciones muy finas, manos largas, caminaba a un paso que no lograba diferenciar muy bien si reflejaba tranquilidad o firmeza, decidí seguirlo. Caminé a unos pocos pasos de él, tanto que pude sentir su olor, no soy buena diferenciando lociones, pero ciertamente olía muy bien. Como podrá imaginar, yo estaba a un paso del enamoramiento, como también estábamos a un paso de un café ubicado a tres cuadras de mi casa, un café nada bohemio ni pesado, era un cafecito simple, con buena música y rodeado de libros y libros, el pasó, yo pasé después de él. Se sentó en una mesita, yo me senté estratégicamente, de tal manera que yo pudiera detallarlo y en cambio a él se le dificultara verme, más o menos en una mesa en diagonal me hice.
No sé muy bien cuanto tiempo pasó, pero fue el tiempo perfecto para que yo me enamorara. Lo vi, vi como sus suaves manos pasaban paginas y paginas, como su mirada se hacía profunda en ciertas partes de la lectura, como levantaba o fruncía ligeramente las cejas, y a ratos dejaba escapar una ligera sonrisa. Supe exactamente en qué parte del libro se encontraba, yo me sé ese libro, se que después de dos sonrisas viene la parte en donde uno abre los ojos por el asombro y llora, tal como lo hizo él, que dejo escapar unas lagrimitas que secó suavemente con su mano derecha. Supe entonces que era el momento preciso para acercarme, al finalizar ese capítulo uno necesita un respiro. El cerró el libro, lo puso sobre la mesa, respiró profundo, se acomodó el pelo y echó un vistazo al café completo.. Cuándo pasó por mi mesa no dudé en sonreírle, el me correspondió
Se levantó, cogió el libro, mi libro, en sus manos, se acercó y lo invité a que se sentara. Ya al frente mío lo pude detallar aun más. Por la textura de su piel supuse que era una persona dulce, por el áspero de sus manos supe que era un hombre que había vivido mucho, tenía un aire de artista, y por el gastado de sus tenis supe que había viajado por muchos continentes. Yo estaba encantada, el momento de por sí era un encanto, el era un encanto, por la manera como movía sus labios al hablarme supe que además era un hombre que sabía mucho de las mujeres.
Los minutos fueron pasando, como pasamos nosotros de café al vino. Era un hombre que sabía muchas cosas, me envolvió en temas muy interesantes, era un hombre que sabía mucho de literatura, y ese fue nuestro tema preferido, por horas creería yo. Fui víctima de su inteligencia, de su sabiduría, de su grandiosa forma de haber vivido la vida.
Pero la noche tomó inesperadamente un rumbo fatal, no sé por qué llegamos a esas, no sé en qué asqueroso momento él abrió su libro, mi libro, el libro y comenzó a leer. Hasta ese momento no había caído en cuenta qué tan asquerosa era su voz, era de verdad espantosa. Se sintió tal vez la cagadita del niño dios (dios se escribe con minúscula para aquellos que aun dudamos de él, con tanta mierda en el mundo). No sé por que carajos, en un arranque de egocentrismo se atrevió a leer un cuento a alguien tan inocente como yo, que nunca en la vida me hubiera atrevido a hacerle algo malo. Este hombre, en ese momento dejó ver lo peor de él, y yo no sabía como explicarle que al leer cada quién pone el acento a las palabras como mejor le plazca, como mejor le convenga, que la grandeza de un escrito está en la tonalidad en que sea leído y que nadie puede violar ese espacio tan privado, eso es irrespetuoso con las personas que escuchan y más aún con la persona que lo escribió, pues solo ésta podría imponer las pausas que le dé la gana.
Todas mis ilusiones cayeron al piso, él leía creyendo que yo lo escuchaba con admiración, gesticulaba, levantaba y bajaba la voz de manera brusca, no sabía cuanto tiempo duraban las comas y los puntos, así que le pedí unos segundos para ir al baño, escapé del café, fui a la casa de mi novio, juré amarlo, por lo menos a él no le gusta la literatura.